“HISTORIAS QUE CONTAR” (“DE TODOS LOS DESAMPAROS”)

Por: Héctor Murillo Aguilar

Fue en la ciudad de México a finales de los Setentas del siglo XX, cuando me  tocó presenciar la inédita historia siguiente:

De un vehículo Japonés, de modelo reciente un hombre sesentero descendió por su puerta trasera, se despidió de dos acompañantes, atravesó la calle  por donde se encontraba un viejo café al cual se introdujo.

Carmelo Cienfuegos encendió lentamente un cigarrillo. Masculló dos o tres frases ininteligibles, incluso,  para sí mismo. Su mirada fija,  en las baldosas de la calle se antojaban pérdidas o extraviadas, como tirando al infinito.

Cuando llegué a su mesa para  saludarlo, ya no me respondió. La delgada línea de la cordura se había hecho añicos en su mente. Sus gestos, palabras y sonrisas, dejaron de pertenecerle.

¿Quién fue Carmelo Cienfuegos?

De muchos y grandes liderazgos regionales llegados a la ciudad de México en la década de los Setentas, el de Carmelo Cienfuegos fue inigualable; originario de Hermosillo, Sonora,  de clase media acomodada, dominaba tres idiomas, dos profesiones Universitarias,  dirigente de varios sindicatos obreros, perteneció a una docena de organismos formales e informales de la política de izquierda, por supuesto, en contra del partido comunista y de sus dirigentes a los cuales  tachaba de oportunistas y serviles al poder inmaculado del PRI y del imperialismo yanqui.

Nadie, con dos dedos de frente se imaginaba un destino adverso para tan gran dirigente, pero la vida es así mis queridos amigos. Primero se mueren los padres en trágico y absurdo accidente carretero. Al mes muere su esposa y un hijo en otro trágico accidente. Sus hijos restantes se van a vivir al extranjero, conoce a una joven que no tan solo lo traiciona, sino lo abandona en la primera oportunidad.

Represión, cárcel y adicción fueron los preámbulos del desamparo mayor o el peor de todos los desamparos: LA TOTAL E IRREPARABLE PÉRDIDA DE LA REALIDAD EN EL CEREBRO DE NUESTRO PERSONAJE.

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